14 de noviembre de 2006
Mañana cumplo un año en Madrid. Un día como ayer, hace un año, vine desde Barcelona con un boleto de avión de ida y vuelta. Pero sabía que no habría vuelta. No se trató de ningún presentimiento sino de la conciencia de que no podía inventar la producción de una película sin estar, a partir de ese momento, día y noche trabajando en ella. Y la cosa fue bastante literal, sin exageraciones. Me instalé en la casa del director, en el barrio de Chueca. Durante unas semanas fuimos dos contra el mundo para levantar su película. Digo también esto de manera literal. Las cosas fueron exageradas por sí mismas, no sólo ahora que las cuento.
A España también llegué con un boleto de avión de ida y vuelta que tampoco tuvo regreso. Llevo dos años de regresos perdidos, quién sabrá lo que significa.
Puede ser una manía tonta la de contar el tiempo encerrándolo en círculos. Para mí un año es un círculo. Lo veo claramente. Enero está en la parte superior, en el lugar que ocupa el número 12 en los relojes. Noviembre está en el 2. El 15 de enero cumpliré dos años en España. Mañana, 15 de noviembre, cumplo uno en Madrid. Una relación muy significativa la de los números. Pero hay más. El 15 de diciembre iré a México. ¿Por qué escojo los números 15? Siempre he pensado que mi número es el 8, día en que nací, en que nació mi madre, nombre del bar al que fui durante mis cuatro años de estudiante de literatura en Guanajuato, y muchísimas cosas más que en algún momento contabilicé y que estaban relacionadas con ese número. ¿Pero el 15? Lo único que se me aparece con claridad es que mañana cumplo un círculo. ¿Alguna frase para definir ese círculo? –me pregunto como si pudiera entrevistarme a mí misma. Yo llamaría a ese círculo como la época de my european splendor. ¿Por qué? –insisto. Expícate –redundo. Se trata de un círculo a través del cual he recorrido una serie de experiencias con personajes increíblemente cotidianos de esta parte de la Europa actual que es España. Y por alguna causa que ignoro, en ese transcurso he tenido siempre la necesidad de registrar a tales personajes. ¿Qué tipo de registro? –me aferro. Pondré un ejemplo porque siempre resultan más divertidos. Y con esto terminaré mis declaraciones por ahora. Cuando llegué a Barcelona a estudiar un Máster en Realización de Documental, resultó que también tuve que trabajar de camarera en un bar llamado Liverpool. Como mi vida no podía separarse de mi vida –no sé si me explico con la claridad que se espera- es decir, que mi vida era la de una estudiante y una camarera a la vez, separadas únicamente por el día y la noche, pero indiscutiblemente unidas por una masa más grande que se llama vida. Como esto era así y yo no podía cambiarlo, obvio era que esto tendría sus consecuencias en uno y otro lado de esa misma vida. Esto fue algo que no entendieron aquellos rostros que todavía recuerdo con mucho desprecio, pero más comicidad. Eran las caras de los productores de cine integrantes del jurado del concurso de proyecto de documental. Teníamos que venderles nuestra idea de documental. El proyecto que ganara sería rodado y automáticamente los perdedores se convertirían en los esclavos del amo y señor director. Así de jerárquico es el cine. Que se sepa de una vez. Entonces yo, inocente palomita, queriendo ser consecuente o forzada a serlo si se ve de otra manera, les fui a contar a los jueces mi historia del Bar Liverpool. Había planeado seguir la rutina de mis tres personajes: Dani, el teleoperador. Emily, ex-vedette que en realidad nunca pude comprobar que lo hubiera sido. Y Jordi, el mejor de todos, camarero de un bingo por el día, canta-autor por las noches. Nunca había visto nada igual. Jordi era capaz de componer una canción en treinta segundos con las palabras que le dieras. Este hecho fue comprobado. Escribimos en una servilleta las palabras más difíciles de unir: mejillones, sábanas y corazón. A los treinta seguntos Jordi nos cantó: Los mejillones vuelan entre las sábanas hasta llegar a tu corazón.
¿Que qué era lo que unía a esos extraños personajes? Aun no termina mi historia. Lo que unía a estos personajes era el bar Liverpool con su extraordinario horario de doce de la noche a seis de la mañana, que también era el horario de mi trabajo en el bar. Titulé a mi proyecto Nocturnos. Mi hipótesis ya era un fracaso, más en tierra catalana. Yo sabía que mi proyecto era un fracaso por otra razón que contaré más adelante, lo que no sabía es que en tierra catalana debía multiplicarse por dos. En resumen, mi hipótesis era que el trabajo destruía la vida de las personas. Y ejemplificaba esto con mis tres tristes personajes. Dani, Jordi y Emily. Trabajaban jornadas larguísimas y eran anulados por el monstruo de la empresa que los arrojaba a esa vida. Uno detrás de un teléfono todo el maldito día. Otro en la cocina de un bingo mientras afuera varios millonarios aburridos se comían un sandwich. Pero estos personajes tenían el Liverpool para desahogar todas sus penas. Ahí lanzaban sus máscaras al aire para, por fin, ser. ¿Que cuál fue la respuesta de los productores jurados sobre mi proyecto documental? Creo que nunca he visto exrpesiones del rostro más extrañas. Una variedad de movimientos faciales en pocos segundos seguidas una de otra como si se persiguieran. Después de mi exposición hubo mucho silencio. Largo. No sabían si conmoverse o mandarme a la mierda. No me miraban a los ojos, ni siquiera cuando, en lo que creí un estupendo recurso retórico, les confesé al final de mi exposición: y yo quiero hacer este proyecto por una razón muy especial, y es que yo misma trabajo todas las noches en el Bar Liverpool. Ninguna mirada. Todos clavaban sus ojos sobre la mesa, removían los folios que tenían enfrente, como pensando, no quiero escuchar, aquí no pasa nada, esto no está sucediendo, o qué sé yo. Entiendo lo incómodo que pudo resultar para ellos el que una mexicana se les pusiera enfrente para decirles, sin ningún drama, pero con mucha preocupación: yo quiero hacer un documental sobre la manera en que el trabajo arruina la vida de las personas, incluyendo la mía en este momento en que preferiría estar escribiendo o subirme a la azotea del edificio a mirar las putas estrellas...yo que vine a España a estudiar el master-en-realización-de-documental y he tenido que entrarle al trabajo duro de camarera, yo también nocturna, como mis tres tristes personajes, a los que he seguido hasta sus casas para mirar su rutina, su ruina, porque no tienen otro lugar para ser que el Bar Liverpool, y las copas y la coca. Y después leerles un poema de Boumhil Raval que me inspiró todavía más para hacer mi proyecto:
“...¡Tiembla al ver un pajarito que muere bajo la lluvia, tiembla y llora por él y por ti mismo, porque tú no eres más que él! Mañana, el pájaro se despierta en el cielo de los pájaros y tú te levantas con tu pena, te recuperarás pero volverás a caer, hasta que un día tú mismo caerás de la rama sin un canto y te encontrarán frío, al igual que yo he hallado los cinco cuerpecitos de pájaro tras la gran tormenta de verano”.
Y para terminar de una buena vez con el círculo de mi european splendor, debo contar lo prometido. La primera razón por la cuál yo sabí